La relación entre la alimentación y el sistema inmune no es una idea nueva, pero en los últimos años se ha profundizado en cómo los nutrientes participan directamente en los mecanismos de defensa del cuerpo. Para quienes transitan la vida universitaria, este tema cobra especial relevancia: cambios de rutina, estrés académico, poco sueño y comidas irregulares suelen coincidir con etapas en las que el organismo necesita responder con eficacia frente a virus y bacterias.
El sistema inmunitario no funciona “por arte de magia”. Durante una respuesta inmune, el cuerpo debe producir nuevas moléculas y multiplicar células especializadas que actúan como un verdadero ejército contra los patógenos. Todo ese proceso implica división celular, diferenciación y síntesis constante, lo que requiere energía y nutrientes disponibles. En términos simples: sin material de construcción suficiente, la defensa se debilita.
Además, los nutrientes no solo influyen en la capacidad de atacar infecciones. El sistema inmune también participa en el retorno al equilibrio del organismo, se comunica con los sistemas nervioso y endocrino y debe mantener la tolerancia hacia lo propio, evitando reacciones contra las propias células. Los desequilibrios nutricionales pueden alterar estas funciones y afectar la recuperación tras periodos de alta exigencia física o mental.
Para entenderlo mejor, conviene recordar que el sistema inmune opera en distintos niveles. Primero actúan las barreras físicas y químicas, como la piel, las mucosas y la flora protectora. Si estas se superan, entra en acción la respuesta inmune innata, rápida e inespecífica, y luego la respuesta adaptativa, más lenta, pero altamente específica y con memoria. En ambas intervienen células inmunocompetentes y sustancias que circulan por el organismo y se movilizan hacia el lugar donde se necesita defensa.
Un ejemplo claro es la inflamación: cuando una barrera se rompe, células como los neutrófilos migran al tejido afectado, fagocitan microorganismos y los eliminan mediante mecanismos que requieren un alto gasto metabólico.
En la vida universitaria, hablar de “disponibilidad de nutrientes” se traduce en algo muy concreto: comer de forma suficiente y regular. La nutrición no sustituye al sistema inmune ni actúa como una solución milagrosa, pero sí es una base indispensable para que funcione correctamente. Priorizar hábitos alimentarios constantes, evitar descuidos prolongados y buscar orientación profesional cuando sea necesario son decisiones simples que pueden marcar una diferencia real en tu salud.