En Bogotá, el grafiti es mucho más que pintura sobre una pared. Es una forma de comunicación pública que habla de barrio, juventud, política y memoria urbana. La Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte ha señalado que el grafiti ha servido históricamente para expresar ideas, sentimientos y posturas políticas por fuera de los canales oficiales. Para ustedes, como estudiantes que recorren la ciudad entre clases, prácticas o trabajo, aprender a leer el grafiti es también aprender a leer el contexto social que los rodea.
La palabra grafiti proviene del italiano sgraffio («rayar») y se refiere a inscripciones o dibujos realizados sobre superficies. Aunque hoy se asocia con lo urbano y contemporáneo, esta práctica es antigua: en Pompeya, por ejemplo, las paredes registraban opiniones políticas, escenas cotidianas y mensajes personales. Esta continuidad histórica muestra algo esencial: cuando no hay micrófono, la pared se convierte en medio. Por eso, hablar de grafiti no es solo hablar de estética, sino de quién tiene derecho a expresarse en el espacio público.
En Bogotá, el grafiti adquirió visibilidad en contextos de agitación social, especialmente durante los años setenta y ochenta. El Diagnóstico Graffiti Bogotá 2012 señala que hubo un fuerte movimiento de grafiti de consignas, muchas de ellas estudiantiles y políticas, que utilizó la ciudad como soporte para transmitir ideas. En ese sentido, el grafiti funcionó como una «arma barata de comunicación»: accesible, directa y difícil de silenciar.
Sin embargo, no todas las personas leen el grafiti de la misma forma. El mismo diagnóstico indica que más del 60 % de la ciudadanía no distingue tipos de grafiti ni reconoce sus características. Para la comunidad universitaria, esto plantea un reto concreto: desarrollar una alfabetización visual y cultural que permita ir más allá del juicio rápido de «bonito» o «feo», «arte» o «vandalismo».
En los años ochenta, el grafiti en Bogotá también se vinculó con la cultura hip hop y el writing, como forma de construir identidad juvenil y reclamar presencia en una ciudad que crecía rápido y ofrecía pocos espacios de expresión. Andenes, muros y puentes se transformaron en lienzos donde la juventud dejó su marca.
Hoy, tras debates, conflictos y regulaciones, el grafiti se ha desplazado de la pared «prohibida» a convertirse, en muchos casos, en un aula abierta. Leerlo con criterio permite entender la ciudad como un espacio vivo, atravesado por tensiones, memorias y voces diversas. Para estudiantes, esa lectura crítica es parte de su formación como ciudadanos.